Sobre la reforma laboral: crisis del mundo del trabajo y límite inmanente del capitalismo

Loco, pero así son las cosas,

Millones de personas viviendo como enemigos,

Tal vez no sea tan tarde,

Para aprender a amar,

Y olvidar como odiar,


Crazy train - Ozzy Osbourne


Lo de la reforma laboral resulta brutal, sin duda alguna, ya que es un blanqueo de la pérdida de derechos, estabilidad y seguridad social que brindaba el viejo mundo del trabajo: eliminación de horas extras, creación de banco de horas, limitación de las indemnizaciones por despidos, fraccionamiento de las vacaciones, ampliación del periodo de prueba, extensión de la jornada laboral, restricción del derecho a huelga. Sin embargo, a pesar de cómo la “oposición” e incluso la izquierda buscan presentarlo, esto no es un nuevo modelo productivo que viene a imponer LLA, sino al contrario: la precarización laboral es un fenómeno que ya viene pasando de hecho hace rato. Su aprobación legislativa no es el comienzo de algo nuevo sino la consolidación y profundización de la crisis del mundo del trabajo desencadenada por la Tercera Revolución Industrial en la década de los setenta. 


En las últimas décadas del capitalismo argentino, principalmente después de la última dictadura militar, y teniendo su apogeo en los noventa con el menemismo, hasta llegar a nuestros días, tanto de mano de los gobiernos progresistas como conservadores, la precarización laboral se ha venido profundizando como forma general de trabajo. Según la OIT, en la Argentina del 2025, 6 de cada 10 jóvenes trabajan en la informalidad. En el mercado laboral se habla de que más del 40% de la población trabajadora está en condiciones de precariedad e informalidad. Situación que se repite en América Latina: “En Perú, la tasa de informalidad es del 72%, en Ecuador del 68%, en Paraguay del 67%, y más lejos con un 52% está México, y en todo el mundo, como lo evidencia el informe El trabajo precario nos afecta a todos del año 2008 realizado por la Federación Internacional de Trabajadores de las Industrias Metalúrgicas.


En la actualidad, ya lejos de la etapa de afirmación de la sociedad de la mercancía, con su crecimiento industrial y la expansión de la sociedad de masas mediante el trabajo y la seguridad social que se expresaba en el encuadramiento de la clase trabajadora en las grandes centrales sindicales movilizadas, la figura del monotributista se eleva rápidamente como el sujeto perfecto del capitalismo: un trabajador que es su propio jefe, sin vacaciones pagas, indemnización, flexible, sin seguridad social. 


El capitalismo avanzado, en su decadencia madura, gracias a la incesante innovación tecnológica, ha dejado atrás la fase expansiva, ingresando en su fase de agotamiento inmanente. En ese proceso, reduce cada vez más a todas las personas a trabajadores/consumidores individuales, células comerciales aisladas unas de otras carentes de vínculos laborales estables. Sin apoyo comunitario ni red social de contención, cada quien es responsable de sí mismo. Como en el “juego de la silla”, cada individuo deberá competir para no quedarse sin su lugar. Quien no consiga silla, será eliminado y responsabilizado por su “ineficiencia”. 


El viejo mundo y la falsa crítica


Ahora bien, el principal problema de la situación en la que nos encontramos — crisis del mundo del trabajo y decadencia general de la forma social capitalista — es el malestar teórico reinante que imposibilita el surgimiento de nuevas perspectivas críticas.


Según la perspectiva “tradicional” que ha predominado durante los últimos dos siglos, estamos atravesando un nuevo y fuerte proceso de lucha de clases, en el cual las clases dominantes, en su avaricia desmedida, nos están quitando el trabajo para maximizar aún más sus ganancias. Representados por el gobierno de la LLA en Argentina y otros gobiernos como el de Trump, por ejemplo, la ultraderecha estaría haciendo avanzar la agenda de las minorías dominantes por sobre la gran mayoría oprimida. Lógicamente, este sería el polo de “los malos” que deben ser eliminados para “liberar al trabajo” que hoy se encuentra apropiado por la burguesía, la clase trabajadora sería finalmente libre para instalar la sociedad perfecta.


Es el “pueblo trabajador”, el “polo bueno” que es explotado, ajustado y reprimido, quien tiene la “misión histórica” de triunfar en esta batalla. Ahora, con esta reforma, el enemigo de clase intenta golpear nuevamente, quitándole el trabajo y humillándolo más aún. Esto es posible, sin embargo, gracias a la desorganización de la clase trabajadora que se encuentra cooptada y subordinada a la burocracia sindical de la CGT. La historia sería distinta si los trabajadores estuviesen representados por sindicatos y políticos honestos. Así, sin conducción para enfrentarse al enemigo, los oprimidos persisten en su división y derrota.


Si bien he caricaturizado un poco dicha perspectiva para resaltar su forma subjetivista de ver las cosas, la realidad es que no se encuentra muy lejos de lo que realmente sucede. Solamente basta ver uno de los reels que subió La izquierda diario a Instagram, para comprobar que lo recientemente dicho arriba es completamente cierto. La izquierda, así como el peronismo y el resto de las variantes del realismo capitalista, se derrumban junto con el viejo mundo del cual son parte. Su perspectiva subjetivista de la movilización de la clase obrera por el reconocimiento dentro de las categorías modernas y la lucha por la distribución equitativa de la plusvalía están acabadas. Desde la Tercera Revolución Industrial y más aún con la Cuarta Revolución Industrial, son las propias categorías las que han entrado en crisis, siendo la del trabajo la más evidente.


La lectura subjetivista/voluntarista ha prevalecido durante aproximadamente los últimos dos siglos. Según esta, la historia de las sociedades es la historia de la lucha de clases. Una lucha entre voluntades completamente conscientes de sus acciones que se pelean por el plusproducto social. Por ende, de lo que se trata, es de “encontrarse en el polo correcto”, vencer al “polo malo” y distribuir conscientemente la riqueza socialmente producida pero que actualmente se encuentra jurídicamente apropiada por una minoría. Será tarea de otro texto rastrear y desarrollar la genealogía de la perspectiva subjetivista que comienza principalmente con “La filosofía de la Praxis” de Antonio Gramsci y Ernst Bloch.


El problema con esta perspectiva es que es muy simple, reduciendo todo a una pura cuestión de voluntad organizativa. La forma social capitalista como tal, su contenido conceptual y categorías constitutivas — trabajo, dinero, mercado, valor, mercancía, Estado, democracia, género, política, economía, ciencia, derecho, propiedad — que le dan un ordenamiento estructural interno, permanecen sin reflexión, naturalizadas y transformadas en ontológias. Así, lo histórico concreto y particular es univerzalisado como formas sociales trasnhistóricas y eternas. A su vez, esta perspectiva continúa reproduciendo el mito de la "forma sujeto" completamente libre y consciente de sus decisiones, no condicionado por el inconsciente. El sujeto de la mercancía permanece sin ser criticado, al contrario, se lo afirma al exigir que se le permita realizarse como sujeto del valor mediante el trabajo.


El nuevo mundo y la nueva crítica


Más allá de la tradición, existe una nueva crítica que se viene desarrollando subterráneamente, a la sombra de la academia y la hegemonía militante. Esta perspectiva no niega la lucha de clases sino que la acomoda al interior de la teoría crítica de la disociación-valor y el fetichismo de la mercancía.


A diferencia de la teoría posmoderna completamente invadida por el subjetivismo de “voluntad contra voluntad” en donde “todo es político” y, por ende, el programa consiste en una “lucha por el reconocimiento y justa distribución” al interior de las categorías fetichistas no superadas, la nueva crítica toma distancia de esta ontología del poder inmediata en la cual la teoría se encuentra hoy empantanada, y busca retomar un camino abandonado hace rato: la crítica de la economía política.


Desde esta perspectiva, las personas no son de hecho plenamente conscientes de sus decisiones, sino que se encuentran inconscientemente determinadas por las categorías modernas: trabajo, dinero, mercancía, mercado, Estado, familia, democracia, género, ciencia, derecho, propiedad. Estas categorías se le presentan a la consciencia inmediata de las personas como formas naturales, eternas y universales, como una especie de “segunda naturaleza invisible” que no ingresan a la consciencia, siendo inconscientemente aceptadas, asumidas de forma acrítica e irreflexiva. Así, las personas, en el capitalismo, resultan “personificaciones de categorías económicas” (Marx). 


Así, desde esta perspectiva, las cosas están realmente invertidas: no son las personas las que imponen, mediante su voluntad consciente, las decisiones políticas. Más bien sucede al revés: son las categorías modernas, principalmente el valor como forma social fetichista, las que se le imponen a las personas. Esto, obviamente, en tanto y en cuanto las cosas no tienen vida propia sino que son creaciones humanas, se juega de forma contradictoria tanto en la propia subjetividad de las personas, de forma internalizada, como en las históricas estructuras objetivadas por ellas mismas.  


Entonces, desde este punto de vista, la reforma laboral no es un plan maquiavélico fríamente calculado por las clases dominantes para oprimir aún más al pueblo trabajador, sino más bien al revés: el constante desarrollo irreflexivo y tautológico de las categorías modernas de socialización modifican la dinámica productiva que se asume como eterna, obligando a los distintos agentes políticos a adaptarse a los cambios, buscando mediante legislaciones, modernizar las relaciones sociales laborales a las nuevas condiciones del mundo del trabajo. El tabú que persiste es el del cuestionamiento de la forma de socialización capitalista, y, de nuevo, no solamente por parte de las clases dominantes, sino que la misma teoría moderna que pretende explicar la desigualdad reproduce el fetichismo de las categorías modernas como objetos sagrados que no pueden ser criticados.


La reforma laboral no es un capricho de la derecha sino una necesidad estructural ineludible de la nueva dinámica de acumulación capitalista en crisis. Cualquier fuerza gobernante tendría que avanzar en una actualización del régimen legal. Quien mejor lo expresó fue Sergio Massa, el ex-ministro de Economía del último gobierno peronista de Alberto Fernandez y Cristina Fernandez de Kirchner, en su reunión a fin de año pasado con la CGT: “Hay que discutir la reforma laboral porque tenemos la mitad de la población económicamente activa fuera de la ley de contrato de trabajo”. (...) la clave pasa por negociar qué reforma alumbrará el Congreso, pero “no rechazarla de por sí. El debate es ineludible. El mundo vive el fin de la revolución industrial, la robótica y la IA están cambiando el empleo. Los sindicatos tienen que asumir el debate”. También ver acá.


Conceptos de Economía política


Existen tres conceptos claves de la crítica de la economía política que nos pueden ayudar a pensar la situación: la Composición orgánica del capital, los Gastos extra (Faux Frai) y la Tendencia decreciente de la tasa de ganancia (TDTG)​.


La Composición orgánica del capital, es un concepto acuñado por Marx para explicar la relación existente entre el capital constante (la inversión en maquinaria, tecnologías, medios de producción, materias primas) y el capital variable (gasto en la fuerza de trabajo: salarios). Según su argumentación, a medida que el capitalismo se desarrolla tiende a incrementar constantemente la cantidad de inversión en el capital constante, y, consecuentemente, a decrecer la inversión en el capital variable.


Aquí, encontramos ya la primera gran contradicción del sistema capitalista, expresada en la pulverización de la sustancia que lo alimenta: el trabajo. Las empresas, conducidas ciegamente por el espíritu de competencia universal, se encuentran constantemente intentando maximizar la producción mediante la maquinaria tecnológica, a su vez que reducen el capital variable, los sueldos de los trabajadores. Cada mejora técnica mejora la productividad a su vez que disminuye la participación humana en el proceso productivo, ya que una maquinaria puede hacer el trabajo de una persona más rápido, sin quejas y, en algunos casos, incluso mejor. Así, la mejora en la productividad se expresa en la expulsión de las personas del sistema productivo. Y este es el punto clave: es solamente el trabajo vivo, el trabajo realizado por humanos el que produce valor, permitiendo al capital acumular “plusvalor” y generar ganancias. 


Desde la Tercera Revolución Industrial en la década de los setenta, el sistema capitalista ha entrado en una profunda crisis estructural caracterizada por esta pulverización de su propia dinámica interna. La aplicación de la informática y la microelectrónica al proceso productivo, sustituyó masivamente el trabajo humano por la maquinaria, generando desempleo estructural y destruyendo su propia base de reproducción: el valor. Hoy en día, en los albores de la Cuarta Revolución Industrial, también llamada Industria 4.0, la cual se basa en la implementación de la Inteligencia artificial, internet, la robótica, los servicios de nube y más, esa crisis estructural no hace más que agravarse.


Aquí llegamos al segundo concepto: la caída tendencial de la tasa de ganancia. Este concepto se deduce del anterior: a medida que el capitalismo avanza y va desarrollando los medios de producción de forma imparable debido al constante ambiente de competencia empresarial que se respira, la inversión en la maquinaria es cada vez mayor y en la fuerza de trabajo cada vez menor. El problema es que solamente el trabajo humano genera “valor agregado” susceptible de ser apropiado como “plusvalor” en la forma de dinero-capital. El trabajo muerto, es decir, el realizado por las máquinas, no genera nuevo valor sino que transfieren su valor preexistente al producto. De esta forma, cada mejor técnica aumenta la productividad pero disminuye el valor cristalizado en las mercancías.


Esta caída no es lineal y existen diversos mecanismos para apaciguarla, como por ejemplo, el aumento de la productividad que, al producir mucha más cantidad, puede cuantitativamente resarcir lo perdido. Pero en términos cualitativos, cada mercancía tiene menos valor agregado, ya que se necesitó menos tiempo de trabajo humano para producirla. Cada vez hay más mercancías pero su valor es cada vez menor, lo cual se traduce en que cada vez resulta más difícil sostener el proceso de valorización del valor. Eso, nuevamente, es generado por la propia dinámica interna del capital: la maximización de la producción empujada por la competencia universal. Así, a lo largo del tiempo, al capitalismo le cuesta cada vez más ser rentable, y es de allí que surge el capital financiero como medida de salvataje de la producción de mercancías. 


La vieja crítica, la que se ve imposibilitada de criticar el modo de producción capitalista porque lo reduce a una lucha de clases voluntarista lee las cosas al revés: es el capital financiero el que ha “pervertido” las cosas, desvirtuando la incuestionable producción capitalista. De allí sus conceptos completamente inofensivos de generar un “capitalismo serio”. Aquí tampoco podemos profundizar todo lo referente al capital ficticio de la bolsa de valores, pero diremos que este último no es el que ha desvirtuado la producción industrial, sino más bien, ha sido el que le ha permitido seguir viviendo a pesar de que su dinámica interna se encuentra completamente en crisis. 


Y aquí nos encontramos con el tercer concepto clave: los gastos extra (faux frai). El mismo engloba todos aquellos costos de la producción, tanto la individual empresarial como la general social de una Nación que resultan indispensables para el funcionamiento de la producción capitalista pero que no agregan valor. Más bien, al contrario, son gastos que deben ser deducidos de la ganancia que, como ya dijimos, tiende a caer. 


Las empresas, para sostener su proceso de reproducción como células productivas, no solo tiene que invertir en el capital constante y el capital variable anteriormente mencionado, sino que también lo debe hacer en otro tipo de gastos que van a la par y sostienen ese proceso productivo. Por ejemplo, la inversión en servicios de limpieza, en contabilidad, en seguros, en abogados, en servicio técnico, en marketing, en logística. Estas actividades son indispensables para la reproducción capitalista, ya que si las oficinas están sucias, los trabajadores no pueden hacer bien su trabajo, si las máquinas no están óptimas, se pueden romper, si la contabilidad no es clara, se puede perder mucho dinero, si el producto es bueno pero no existen estrategias de marketing, el mismo no se venderá, a su vez que tampoco llegará a los puntos de venta sin un servicio de transporte que se encargue de distribuir por el territorio las mercancías. Las mercancías no van solas al mercado. Todas estas actividades deben ser costeadas pero no suman valor agregado.


En este sentido, la teoría de la disociación-valor (Roswitha Scholz) resulta sumamente esclarecedora. El valor como fetiche es esencialmente masculino porque disocia, empuja, aleja de su esfera todo lo que no se le identifica en su lógica eficientista. Básicamente, el capitalismo se basa en la negación del femenino, de las tareas reproductivas de la vida que no pueden ser reducidas a la “lógica de ahorro del tiempo” de la esfera masculina del valor. Como sabemos, esta lógica atribuye roles sexistas y binarios de Hombre y Mujer, delegando en la segunda todas las tareas reproductivas como supuesto sexo naturalmente más femenino y predispuesto a los cuidados. Por esa misma razón, el capitalismo es esencialmente contaminante y destructivo, atacando y destruyendo las propias fuentes de la vida. Al no poder respetar los procesos naturales y lentos de la naturaleza, la explota sin cesar, empeorando constantemente las condiciones habitables del planeta. Será tarea de otro texto profundizar en la fundamental perspectiva de la disociación-valor.


Por su parte, el Estado como agente guardián y facilitador del proceso de valorización del capital, debe actuar como el mediador general ocupado de proveer la infraestructura básica que permita la reproducción del capital. Mediante la recaudación de impuestos, se encarga de ocuparse de las tareas que resultan demasiado grandes y costosas incluso para las grandes empresas, como por ejemplo la construcción de autopistas, infraestructuras ferroviarias y de transporte. En la Argentina, estos servicios suelen ser híbridos de propiedad estatal con concesiones privadas que están fuertemente subsidiadas, justamente por el hecho de que suelen ser actividades no productivas que dan pérdidas pero que resultan indispensables para la circulación de mercancías, principalmente la mercancía fuerza de trabajo.


Otros ejemplos son la inversión en el sistema educativo, en el sistema sanitario, en la administración pública, en los distintos sectores fundamentales para la reproducción general de la sociedad del valor. Un pueblo que no tiene la instrucción media, difícilmente pueda trabajar. Si no tiene salud, también habrá problemas en la productividad. Nuevamente, estas actividades, por su importancia para la reproducción general, difícilmente pueden ser libradas completamente a la lógica del valor, por lo cual son transferidas, generalmente, hacia el Estado como gerente general del capitalismo argentino. 


Se podría argumentar que justamente ese es el debate: ahora LLA quiere privatizar dichos servicios, lo cual lo vuelve un “gobierno de la crueldad”. Lo mismo se podría decir del peronismo menemista de los noventa. Pero aquí, nuevamente, esta argumentación es superficial y subjetivista, operando al nivel de las voluntades políticas enfrentadas por la correcta interpretación y gestión del capitalismo, y no al nivel profundo de la contradicción inmanente de la dinámica capitalista, indistintamente de su forma de gestión. Sea estatal o privada, los gastos extra, así como la caída tendencial de la ganancia y la expulsión del humano del sistema productivo por medio de las tecnologías, son procesos estructurales ciegos que se imponen con la fuerza del destino. El kirchnerismo de los últimos 20 años es también la prueba fehaciente de ello: el mismo, enmascarado bajo el argumento de la “redistribución de ingresos y derechos”, ha terminado siendo la profundización y continuación del neoliberalismo de los noventa.


Otro sector en constante aumento es el de la seguridad interior y las fuerzas represivas del Estado. Dado que las condiciones de vida tienden hacia una precarización cada vez mayor, la conflictividad social tiende a aumentar, por lo cual el Estado se ve constantemente empujado a invertir en más policías, más armamento, más cárceles, más cámaras. Así como también, del otro lado de la moneda, el crecimiento de la asistencia social, subsidios y programas de asistencia. Estos mismos, tampoco son productivos, al contrario, son gastos que son deducidos de la ganancia global general. La expansión sostenida del gasto público como programa político afirmativo característico de la etapa expansiva de la forma social capitalista, ignora las consecuencias a largo plazo de dichas políticas. Lo mismo se puede comentar sobre la política monetaria de impresión de billetes: a largo plazo se está cocinando inflación. Ese nuevo dinero impreso no tiene su correlación proporcional a un aumento real en la productividad de la sociedad. El dinero impreso sin expansión productiva resulta dinero sin valor que deprecia la moneda.


La ficción politicista sostiene que el buen funcionamiento del capitalismo —de un “capitalismo serio” como le llaman— depende de la “buena voluntad” de políticos y dirigentes que sean capaces de diagramar prolijos proyectos de desarrollo equitativo e inclusivo. También, desde otros colores, se proponen “gobiernos obreros” que sean capaces de gestionar más eficientemente el sistema capitalista, hoy apropiado por las élites dominantes. En ambos casos, sería el rol activo del Estado el encargado de dirigir el buen funcionamiento de la economía. Estas perspectivas no abandonan nunca el punto de vista burgués característico de la esfera de la circulación, expresada en la fórmula de mercancía - dinero - mercancía. El modo de producción en sí como totalidad social negativa que se encuentra objetivada en categorías económicas androcéntricas e inconscientes permanece intocable, pretendiendo reordenar el mundo de otra forma mediante categorías fetichistas no superadas.


La perspectiva tradicional propia del siglo pasado desconoce que el Estado no es una estructura que se encuentra “por encima” y “por fuera” de las leyes del mercado siendo capaz de modificarlas a gusto y piacere. No es el demiurgo que puede controlar a voluntad el comportamiento de las categorías económicas del fetichismo capitalista. De hecho, más bien, sucede lo contrario: en la sociedad madura de la mercancía, el sujeto es el valor y no las personas. Marx bautizó a este automovimiento inconsciente de la valorización del valor con el nombre de “sujeto automático”. Es este el que determina la distribución de los recursos y no a la inversa, lo cual es expresado en la fórmula tautológica del dinero - mercancía - dinero' de la esfera de la producción. Claro, en tanto que el “sujeto automático” no es un objeto concreto sino una proyección fetichista de la propia humanidad que permanece inconsciente de su propia forma de socialización, resulta un concepto difícil de comprender. Pero es precisamente esa, creo yo, la tarea de la teoría crítica: hacer visibles los patrones sociales que permanecen invisibles como si fuesen leyes naturales universales, pudiendo conciliar tanto la “teoría de la estructura objetiva” con la “teoría de la acción subjetiva”.


Hacia nuevos horizontes


Como se habrá notado, la argumentación desarrollada no trae objetos externos ni conceptos foráneos al modo de producción capitalista, sino que su carácter crítico ha sido elaborado a partir de la propia estructura y dinámica interna del sistema. Hemos seguido el proceder de la crítica inmanente que se desarrolla a partir del estudio de la evolución histórica del objeto en su contexto particular. 

Esta crítica toma los estándares internos propios del objeto analizado para desvelar sus contradicciones, inconsistencias y promesas incumplidas. La misma no juzga “desde afuera” con argumentos moralistas del tipo “gobiernos de la crueldad” o “egoísmos de los ricos” sino que procede “desde adentro”, en busca de los patrones estructurales inconscientes que se nos imponen ciegamente. 

Lo que este proceder nos revela, a contramano de la ontología capitalista de izquierdas, es que el trabajo como forma de relación social, como “metabolismo con la naturaleza” no es eterno ni universal, sino histórico y superable. Esta es la conclusión, el punto ciego al cual la teoría dominante no puede llegar porque implicaría poner en duda la propia forma social capitalista y todos sus supuestos y categorías. 

El panorama es claro: cada vez se necesitan menos personas implicadas en la producción de los sectores primarios -- producción de carácter extractivo: agricultura, minería, ganadería, etc. -- y secundarios -- manufacturas, energías, construcción, etc. --, lo cual coloca a la humanidad en la posibilidad de dedicarle muy poco tiempo a dichas actividades, liberando tiempo de vida para dedicarlo a la formación, educación, medicina, arte, cuidados y espiritualidad. Sin embargo, ocurre precisamente lo contrario: se refuerzan los mecanismos sociales para continuar sosteniendo un estilo de vida que en el horizonte de la crisis madura del sistema capitalista se evidencia como un absurdo suicida. 

El “sujeto automático” personificado en los distintos agentes políticos de la forma social continúa peleando por la “correcta interpretación y gestión” de las categorías históricas de la modernidad que están alcanzando su límite interno inmanente. El modo de socialización capitalista, debido a su propio desarrollo imparable de los medios de producción está aboliendo la necesidad misma de trabajar. Esto, como ya dijimos, significa dinamitar la base estructural que sostiene al sistema: la sustancia trabajo. Aun así, completamente poseída por el fetichismo de la mercancía, continúa negándole a la mayoría de la población la posibilidad de reproducirse materialmente, así como también desperdiciando sin cesar los recursos naturales en nombre de la “Economía”. 

De esto se deduce que la principal traba hoy en día para la teoría que busque estudiar la dominación capitalista para transformarla, es más espiritual que científica o técnica. Hace rato ya que las condiciones materiales y el desarrollo de las fuerzas productivas permiten la satisfacción general de las necesidades de las personas, sin embargo, espiritualmente esclavizada a la religión sin espíritu del capital, la conciencia moderna continúa sacrificando la vida, la naturaleza y las personas al capital. De lo que se trata es sacrificar el capital para reencontrarnos con la vida.

La teoría crítica, a medida que destruye la ontología capitalista promovida por la teoría afirmativa proveedora de ideas nuevas para la gestión eficiente del capitalismo, se encuentra, a su vez, con la tarea de empezar a construir un nuevo universo simbólico que le permita a la especie humana deshacerse del hechizo fetichista que la posee y reconocerse a sí misma en la naturaleza, volviendo a hacer uno del dos. Para ello, será fundamental dejar atrás el mecanicismo idealista propio de la modernidad, buscando, en su lugar, p
romover un nuevo “metabolismo social” de corte materialista y espiritual cuyo foco sea la construcción de vínculos humanos de apoyo mutuo en armonía con el ecosistema, y no en la incesante repetición de la valorización del valor que conduce a la precarización total de nuestras vidas.


Foto Ludmila Nannizzi 

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